Arte + Pensamiento / AF 1992 - Sherry Turkle


MENTES Y PANTALLAS: ESPEJOS DE LA POSMODERNIDAD

Emerson afirmó en una ocasión que "los sueños y las bestias constituyen sendos elementos clave que nos permiten reconocer los secretos de nuestra propia naturaleza. Se trata de objetos de examen". Iguales y distintos de nosotros a un tiempo, ambos constituyeron los espejos de la modernidad, los objetos de examen para Freud y Darwin. El ordenador es nuestro nuevo espejo, el espejo de la posmodernidad.

Al igual que los sueños y las bestias, el ordenador se sitúa en nuestros márgenes. Es un cerebro y no es un cerebro. Es inanimado pero también interactivo. No piensa por sí mismo, pero tampoco es ajeno al pensamiento. Se encuentra enclavado entre el pensamiento y el concepto puro. En la frontera de la materia, la vida y la muerte, nos obliga a replantearnos numerosas cuestiones que hasta ahora parecían resueltas.

Los ordenadores son máquinas psicológicas, no sólo en función de su (hasta ahora) primitiva psicología, sino, ante todo, por el hecho de que nos fuerzan a reevaluar nuestra propia psique. Su carácter evocador está más influído por su disponibilidad que por el hecho de su existencia. Las actuales reconsideraciones establecidas en torno a la mente y la máquina, reflejadas en el lenguaje del arte, tienen su origen en la relación establecida entre los seres humanos y un objeto que pueden utilizar, palpar y transportar a sus hogares. La difusión masiva de los ordenadores acaecida en los años ochenta ha hecho emerger una nueva cultura del individuo, así como una nueva estética de la tecnología.

Los ordenadores aportan un nuevo modo de representación, la inscripción de la realidad en un programa informático. También aportan un nuevo tipo de objeto, el objeto informático congelado en la pantalla y perteneciente al ámbito de lo físico y lo matemático, lo concreto y lo psicológico. Asimismo proporcionan una nueva serie de recursos para repensar el concepto de "proceso", entre los que se encuentran nuevos modos de considerar conceptos tales como la repetición, la propia referencia, la estimulación y la interacción de objetos internos como forma de crear fenómenos emergentes. La unión de estas ideas habla de una estética que no depende de lo real sino de su representación y apropiación ni tampoco se basa en objetos tangibles sino en el reflejo de espejos sobre espejos: un juego de significantes desligados de aquéllo que representan.

El arte posmoderno transmite la idea de un mundo vivido a través de sustitutos, registrando un sentido fotográfico de la realidad, como si ésta fuera contemplada a través de una lente. La existencia del ordenador influye poderosamente en esta tendencia, empujándonos hacia un sentido de la realidad análogo a la contemplación de la pantalla de vídeo.

Esta realidad de cariz electrónico nos ofrece nuevas y poderosas formas de interacción. Resulta casi vertiginoso meditar acerca de un pensamiento autogenerado y el sentido de integrarse en un sistema de naturaleza universal. El ordenador ofrece una promesa de perfección. El mundo de la pantalla exhibe la pureza del pensamiento liberado de la azarosa complejidad de lo real. Y en lugar de la búsqueda de la persona de nuestros sueños ahora contamos con el ordenador como nuestro alter ego.

La experiencia de programar equivale a la apropiación y exteriorización del pensamiento. De modo análogo a Narciso y su reflejo, la persona puede enamorarse de las palabras artificiales creadas por él o por otra persona para su beneficio. La experiencia resulta indudablemente poderosa. Para muchos constituye un medio de alimentar la propia autoestima. Inseguros acerca de nosotros, descentrados por el psicoanálisis y las filosofías estructuralistas y deconstructivistas, buscamos espejos que nos permitan admirar nuestro reflejo y descubrir quiénes somos, si es que realmente somos alguien. Cuando nuestra mente se encapsula en un programa, dos fantasías se hacen posibles: proyectar nuestra propia personalidad y llegar a la fusión de máquina y mente.

El encuentro o la fusión de mente y máquina constituye una imagen de poderosa influencia en la sensibilidad contemporánea, rozando uno de nuestros puntos más vulnerables y dolorosos. Nuestro característico malestar está menos influído por la represión sexual que por la fragilidad de la propia personalidad y, por ende, la imposibilidad de relacionarse con el otro. En el caso de la historia, la neurosis prototípica de la época de Freud, la apetencia sexual, se expresaba por medio de algún síntoma físico: la parálisis de un miembro hablaba de algún deseo inconfesable. Hoy en día los casos de histeria son prácticamente inexistentes. Para ser más precisos, los médicos señalan que sus pacientes raramente presentan síntomas particulares de alguna especie. Las experiencias prematuras de rechazo amoroso se transforman en rabia contra el otro que nos frustra y terror frente a quien somos tan vulnerables. Se advierte la ausencia de sentimiento, el miedo a la relación con el otro, así como un sentimiento de vacío e irrealidad. Estos síntomas se traducen de modo paradójico en el miedo a la intimidad y el terror a la soledad.

Las máquinas juegan diferentes papeles en este cuadro. Uno puede identificarse como la máquina y uno puede volver su atención al mundo de la máquinas para obtener aquéllo que resulta tan difícil pedir a los otros: una relación. En el caso del ordenador, ambas posibilidades alcanzan su máxima expresión. La programación constituye un instrumento idóneo para la proyección y confirmación de la propia personalidad. En su faceta de "máquina pensante", el ordenador ofrece modelos cada vez más sofisticados con los que identificarse. Finalmente, en relación con el terror a la intimidad y el miedo a la soledad, el ordenador ofrece un término medio de carácter esquizoide. Interactivo y reactivo, el ordenador proporciona la ilusión de compañía sin las demandas de la amistad. Uno puede ser solitario sin sentirse nunca solo.

El reflejo de la mente en la máquina y como parte de la máquina no deja de producir cierta angustia, a pesar de la posibilidades que nos abre. En cierta forma, no deja de ser una afrenta. Si la mente es la máquina, ¿quién es el actor? ¿Qué papel juegan la responsabilidad, el espíritu, el alma?

Copérnico y Darwin nos privaron de nuestra gratificante concepción de ser el centro del universo pero aún nos quedaba el consuelo de considerarnos el centro de nosotros mismos. El inconsciente freudiano terminó por subvertir la idea de la personalidad centrada - nuestros dramas personales se escenifican en otra dimensión, con actores ajenos y desconocidos. Con todo, el inconsciente de Freud exhibía un carácter parcialmente abstracto que permitía efectuar la transición de "Yo soy mi inconsciente" a "Estoy influído por mi inconsciente" de modo relativamente secillo y aceptable.

Los teóricos continuadores de Freud subrayaron el poder de un ego activo y autónomo, facilitando la aceptación general del psicoanálisis, considerado ahora como un triunfo de la razón sobre los rincones más oscuros e indómitos de nuestro interior. La psicología del ego psicoanalítico ofrecía una descripción del inconsciente aceptable para nuestras consciencias. La amenaza que el ordenador ejerce sobre el yo reviste un carácter mucho más despiadado. La cultura del ordenador se inicia allí dondo muere el psicoanálisis, retomando la concepción de la personalidad descentrada y aplicándola de forma concreta mediante el modelaje y transformación de la mente en programa o máquina multiprocesadora. El yo no es sino una colección de normas o programas internos cuyas conexiones, transacciones y competencia forman sus propias ilusiones.

El psicoanálisis nos ha enseñado que la resistencia ofrecida a una teoría forma parte del impacto cultural de dicha teoría. La resistencia a admitir la existencia del inconsciente y lo irracional lleva a una concepción del ser humano como ser esencialmente lógico. La resistencia a un modelo informático de la mente lleva a la concepción de que lo esencial del hombre es aquéllo inaprensible por lenguaje o formalismo alguno. Cuando nos servimos de modelos informáticos para explicar más y más aspectos de nuestra conducta, parece casi obligado que definamos como nuestra esencia aquéllo más alejado de la información o la programación.

La visión de la mente como programa, mecanismo o procesamiento de información ha ocasionado las lógicas reacciones. Aunque en un principio se temía que la generalización del ordenador revirtiera en un auge de la teorías mecanicistas aplicadas a los seres humanos, la realidad ha devenido bastante más compleja. La gente no parece mostrar reparo en aceptar la presunta racionalidad ilimitada del ordenador al tiempo que traza una marcada línea divisoria entre ordenador y ser humano, entendiendo la esencia de la naturaleza humana como aquélla cosa que los ordenadores no son capaces de hacer o manipular.

Con todo, la definición del ser humano en relación con lo que los ordenadores no pueden realizar nos sitúa en una posición extremadamente vulnerable. Vulnerable ante los previsibles avances de la técnica, esto es. Existe, sin embargo una respuesta de carácter más sutil. Podríamos pensar que las personas tienden a admitir que la mente humana no es sino una especie de ordenador, preguntándose a continuación si existen otros elementos diferenciadores en la naturaleza humana. Al razonar de este modo, el pensamiento suele volverse hacia las emociones. El hombre sería entonces un ser emocional o, dicho de otro modo, de imposible programación.

Como respuesta deliberada al racionalismo, el romanticismo defendía la validez de los sentimientos, "la ley del corazón". En aquella época y como reacción frente a la omnipresencia de la razón, la sensibilidad fue declarada superior a la lógica y el corazón más humano que la mente. En nuestros días, el ordenador y la programación nos proporcionan un nuevo discurso para la descripción de la personalidad dividida. De un lado se sitúa aquéllo que resulta simulable, del otro, lo que no puede ser simulado. Los individuos que reconocen de buen grado que el pensamiento simulado es realmente un tipo de pensamiento raramente se aventurarán a afirmar que el sentimiento simulado es una clase de sentimiento. El amor simulado no es amor.

La década de los ochenta ha sido crucial. Los conceptos de programa, inteligencia artificial y simulación se han transformado en mitos interpretativos para la cultura global. El nuevo mito separa sentimiento de pensamiento, sujeto de objeto, realidad de representación. El pensamiento puro, los objetos y las representaciones están en constante circulación, aunque no circulen en libertad. La forma que adoptan es la de imágenes en una pantalla. Para servirnos de ellas no es precisa una nueva tecnología transformadora. La intimidad con la cámara permitió la aprensión de significantes que no precisaban de referencia externa alguna. Es casi inevitable estimar a un objeto que produce un efímero trazo electrónico. Los fotones danzan; no hay nada ni nadie que tocar. El paso de la fotografía a la imagen en pantalla constituye el hito más reciente en la progresiva devaluación del artefacto. Más allá del espejo, la fotografía y la refotografía de lo real nos encaminamos a la simulación pura: la apropiación de lo hiperreal.


Sherry Turkle es profesora de Sociología del Programa en Ciencia, Tecnología y Sociedad del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Es doctora por la Universidad de Harvard en Sociología y Psicología Personal. Ha escrito numerosos artículos sobre temas culturales, psicoanálisis y los aspectos subjetivos de las relaciones entre las personas y la tecnología. Es autora de Psychoanalytic Politics: Freud's French Revolution (Basic Books, 1978; Segunda edición, Guilford Press, 1991)  y The Second Self: Computers and the Human Spirit (Simon and Schuster, 1984).

Texto originalmente publicado en el catálogo de ArtFutura 1992.