Arte + Pensamiento / AF 1990 - Luis Racionero


REALIDADES VIRTUALES

La exposición de ART FUTURA de 1990 me parece no sólo relevante sino también significativa, casi simbólica, porque en el umbral de la última década del milenio, presenta la aspiración máxima de la tradición judeo-cristiana: la huida de la realidad -”anywhere out of this world”- o, para decirlo en términos más suaves, la búsqueda de realidades alternativas, la ampliación de lo real, la trascendencia.

La idea no es nueva: considerar este mundo un valle de lágrimas y lugar de paso hacia realidades celestiales o infernales era moneda corriente en el año 1000: poner el objetivo de esta vida en ideales suprasensibles y metas ultraterrenas es el marchamo de las religiones del libro. La realidad se desprecia en favor de un mundo de ideas, arquetipos, espíritus y seres celestiales ingrávidos y gentiles, intangibles y abstractos.

Por si fuera poco, los decadentes de fin de siglo -el anterior- conciben también un horror de la realidad, burguesa y tecnológica, de los 80 y 90 del 1800 y se refugian en una literatura simbolista y una plástica impresionista que con Cézanne virará hacia el abstracto y con Joyce a la introspección psicoanalítica. El príncipe de los decadentes, Joris Karl Huysmans, discípulo de Baudelaire y maestro de Proust, sufría la neurosis del fin de siglo, aquel odio y horror de la mediocridad humana, de la estulticia cotidiana y por eso, su obra maestra es A Rebours, título tomado del místico Rusbroeck el Admirable.

Huir de la realidad por el Arte era el intento desesperado de los decadentes y simbolistas y como las artes entran por los sentidos y éstos son limitados -y las artes también- los tránsfugas de la realidad exacerbaban sus sentidos para ensanchar los límites de la percepción y dar al arte el máximo poder de provocar sensación- un méthodique deréglement de tous les sens- proponía Rimbaud para sentir más.

Las artes tradicionales -pintura, escultura, literatura- han dado de sí todo lo que podían y han tocado sus límites, su fondo y su forma, de modo que ya no pueden ser artes de vanguardia: por otro lado, los sentidos, por más que nos hayamos refinado, han tocado ellos también sus límites. Se necesitan nuevas artes y nuevos sentidos -o, lo que es lo mismo, un programa distinto en el cerebro que dote de mayor amplitud a los sentidos-. Lo primero llegará por medio de nuevas tecnologías: habrá artes nuevas, como lo fue el cine en este siglo, basadas en ingeniería genética, holograma, láser, navegación espacial, transmutación nuclear. Y habrá programas nuevos en el cerebro -unos basados en la química de los transmisores neuronales y otros en la interacción ente cerebro y computadora avanzada.

La inteligencia artificial existe desde 1950, los autómatas animados desde 1980: la combinación de la computadora con el robot es el monstruo de Frankenstein. A mi modo de ver, esta síntesis llegará después de otras simbiosis no menos espectaculares entre computadora y cerebro humano. Sabemos que los sentidos envían sensaciones al cerebro por medio de corrientes eléctricas y reacciones químicas que cierran sinapsis neuronales. Lo que se percibe por el ojo, el oído, el tacto, se traduce en impulsos electroquímicos sobre retículos neuronales. No es imposible provocar un cortocircuito en el proceso para sustituir el estímulo de la realidad exterior por una conexión entre los retículos cerebrales y un programa de computadora que mande estímulos equivalentes a percepciones sensiorales. Las posibilidades estéticas de tal artificio van desde el deliquio místico hasta la voluptuosidad, pasando por la pesadilla kafkiana: se puede grabar un curso entero de universidad para interiorizarlo en la memoria mientras se duerme, o se puede dormir con Marilyn Monroe de puertas adentro. Las impresiones estéticas vienen de la realidad, pero ¿puede distinguir el cerebro, que todo lo reduce a corrientes eléctricas e interfases químicas, si éstas vienen de la “realidad” o de un programa?. De esta manera se puede controlar la mente de un modo inquietante  a niveles jamás alcanzados desde la cátedra, el púlpito o la televisión. Pero también deleitarla  e instruirla.

El injerto de la máquina al hombre será el primer paso hacia el nuevo Prometeo: la biónica es una combinación de biología e ingeniería que experimenta transplante de órganos artificiales a cuerpos humanos: la informática conectará con el cerebro. La creación literaria de Frankenstein -escrita por Mary Shelley en 1816- no era fantasía, sino un aviso de vigía artístico sobre el nuevo mundo que se perfila y que, como todo lo ignoto, se vislumbra todavía con recelo.

Los instrumentos artísticos los dará la ciencia, los temas que profundamente interesen los intuirá y expresará el arte. Artes nuevas aparecerán y artes tradicionales pasarán a segundo término. Si los instrumentos se vislumbran, los temas fundamentales también: reducir a unidad y armonía la diversidad del momento actual; estructurar de modo asequible la sobrecogedora multiplicidad de conocimientos; pero sobre todo, resituar al hombre en el mundo. Sin una nueva visión del hombre en el mundo no puede surgir un nuevo estilo artístico. No sabemos cómo celebrar porque no sabemos qué celebrar. Yo creo que la física cuántica y la cosmología construirán un nuevo paradigma del que surgirá una visión del hombre tan revolucionaria como la del cristianismo. La nueva religión o metafísica estará basada en la ciencia en vez de oponerse a ella como hasta ahora: en lugar de una ciencia de las religiones tendremos una religión de la ciencia. Y no será materialista, como no lo es la teoría cuántica, sino espiritual, cuando este término adquiera un nuevo contenido que la ciencia puede darle.

El arte cósmico es sólo un sueño, pero ¿qué nos impide suponer que el hombre no sea capaz de colorear los anillos de Saturno, de dar brillo al cinturón de Van Hallen, de enfocar sobre la tierra lentes y caleidoscopios espaciales, cubriendo continentes enteros con inmensas vidrieras de Chartres?. El arte que puede llegar a componerse desde el espacio exterior supera nuestra capacidad de imaginación actual, pero no la de nuestros nietos, sólo hay un límite, atreverse a pensarlo. Todo lo que un hombre puede llegar a imaginar es susceptible de existir, de lo contrario no lo vislumbraría. ¿Cómo puede alguien suponer que el arte se ha acabado, cuando en realidad está ante un prodigioso principio?. Se ha terminado el ciclo de unas artes, pero comenzarán los ciclos de otras nuevas. Acaso poner color sobre tela se convierta en venerable artesanía, como escribir novelas, filmar películas, o cincelar estatuas, pero nuevas formas de arte surgirán por cada una que agote su ciclo. La ciencia proporcionará los nuevos medios e instrumentos, el artista se hará científico y el científico artista para realizar el sueño de Leonardo: competir con la naturaleza en la creación de obras excelsas.

La creación de espacios sintéticos interactivos por medio de cascos con monitores de cristal líquido y guantes sensores es un paso de gigante, un paso de astronauta en la luna -pues la tecnología es un spin-off de la NASA hacia las fronteras intransitadas de la realidad.
 
Texto originalmente publicado en el catálogo de ArtFutura 1990.


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