Arte + Pensamiento / AF 2012 - Pau Waelder


Nuestra Cultura es Digital

En un texto publicado recientemente, Howard Rheingold propone la posibilidad de lograr una expansión de la inteligencia humana por medio de las herramientas digitales que empleamos comúnmente y sugiere que dichos dispositivos han transformado ya nuestra manera de pensar. Citando a Andy Clark, Rheingold afirma que somos “cyborgs natos” en cuanto este término no describe tan sólo la inserción de dispositivos tecnológicos en el cuerpo sino “las personas cuyos cerebros no están físicamente conectados a un ordenador (aún) pero cuyos sistemas nerviosos están (ya) adaptados [...] a un tipo de «pensamiento» que sólo puede producirse por medio de los ordenadores” [1].  Estas palabras recuerdan sin duda al futuro de ciencia ficción descrito por William Gibson en su famosa novela Neuromante (1984) cuyo protagonista, el hacker Henry Dorsett Case, conecta su cerebro al ciberespacio por medio de un implante neuronal. Pero no es preciso evocar un futuro distópico para encontrar una fusión entre humano y máquina que se produce ya a nivel cognitivo y social.

Durante las últimas décadas, la rápida evolución de las nuevas tecnologías ha producido profundos cambios en nuestra sociedad a nivel global. La manera en la que vivimos, trabajamos, nos comunicamos y creamos nuestra imagen del mundo depende cada vez más de las herramientas digitales que usamos a diario. Estas herramientas no sólo nos proporcionan recursos antes inexistentes (información en tiempo real, entornos virtuales, comunicación instantánea y sin distancias), sino que determinan, a través de sus interfaces, el aspecto de un entorno al que le dedicamos la mayor parte de nuestras horas de vigilia.

La manera en que estas nuevas formas de documentar nuestras experiencias, crear y comunicarnos se han difundido en las sociedades industrializadas y la rapidez con la que han pasado a formar parte de todas las esferas de nuestra vida cotidiana nos han llevado a una situación en la que, como indica Charlie Gere: “no hay ni puede haber un punto fuera de los medios desde el cual podamos tener una perspectiva privilegiada y libre de concepciones previas sobre cualquier aspecto de nuestra existencia, y menos aún sobre los medios mismos” [2].

Hace ya una década, Gere señalaba la creciente presencia de las nuevas tecnologías en la sociedad contemporánea y proponía, en base a esta observación, “la existencia de una cultura digital diferenciada, en la que el término digital puede designar un estilo de vida específico de un grupo o grupos de personas en un determinado período de la historia […] La digitalidad puede concebirse como un indicador de esta cultura puesto que comprende tanto los artefactos como los sistemas de significación y comunicación que más claramente diferencian nuestro estilo de vida contemporáneo de los anteriores” [3].

La influencia de los medios tecnológicos marca por tanto la existencia de una cultura digital, en tanto nuestra forma de comunicarnos, relacionarnos, consumir, crear y compartir productos culturales viene determinada por el uso de herramientas digitales, redes de datos y otros dispositivos.

El ritmo acelerado con el que se han producido los cambios que llevan a la identificación de una cultura digital sin duda plantea grandes dificultades para elaborar una reflexión clara acerca de la influencia de lo digital en la cultura y menos aún plantear sus consecuencias a largo plazo. Pero sin duda podemos constatar, como afirma Pau Alsina, que hemos pasado de la digitalización de la cultura a la cultura digital, es decir que no nos encontramos ya en el momento en que las manifestaciones de la cultura son traducidas a bits, sino que estas se producen ya en el marco que definen las herramientas digitales, no sólo como meras representaciones en una pantalla que sustituye al papel, sino como nuevas formas de creación, distribución y recepción de la cultura, en la que ya no se asigna un papel estático a productores y consumidores, sino que ambos se encuentran en una compleja red de influencias mutuas en la que se producen no pocas fricciones.

La propia concepción de la cultura se transforma: como indica Alsina, “resulta apropiado pensar en la cultura como en un proceso dinámico y no como en una esencia inamovible que se debe defender. La cultura, entendida como sistema dinámico formado por flujos de informaciones, personas y productos, adopta formas diferentes que responden a modelos dinámicos de relación entre individuos, sociedades y territorios” [4].

Dentro de esta concepción de la cultura como un sistema de relaciones, sin duda debemos a las nuevas tecnologías la configuración de las maneras en que esta se manifiesta, pero al mismo tiempo cabe reconocer que es la propia cultura digital la que genera el uso de los nuevos dispositivos tecnológicos. Así, podemos afirmar con Charlie Gere que las nuevas tecnologías son un producto de la cultura digital [5]: las herramientas digitales introducen nuevas posibilidades, pero cuando marcan una auténtica diferencia es cuando su uso se hace tan cotidiano que resultan prácticamente invisibles. Clay Shirky señala al respecto que no son los dispositivos más innovadores los que introducen grandes cambios en la sociedad, sino las herramientas de uso común como el correo electrónico, los teléfonos móviles o los sitios web. Son, precisamente, aquellas herramientas que una gran parte de la población emplea en su vida diaria, y que han facilitado las movilizaciones masivas de la primavera árabe en 2010 o el movimiento 15-M en España desde 2011. “La revolución”, nos recuerda Shirky, “no se produce cuando la sociedad adopta nuevas tecnologías, sino que se produce cuando la sociedad adopta nuevos comportamientos” [6].

Cada vez más ubicua, a la vez que necesaria, la tecnología se ha vuelto invisible y se ha integrado de forma natural en nuestro paisaje cotidiano. Los ejemplos antes citados indican la paradójica situación actual, en la que los medios tecnológicos forman una parte indisoluble de nuestra cultura, a la vez que dejan ser relevantes en sí mismos. Al observar un vídeo en YouTube, nos centramos en su contenido pero a menudo obviamos los medios que hacen posible que llegue a nuestra pantalla, desde el ordenador personal, el servidor de la plataforma de vídeos y la red Internet a las herramientas que, por ejemplo, han permitido a un grupo de adolescentes realizar un cortometraje con unos efectos especiales que hace unos años sólo estaban al alcance de un gran estudio de cine.

Si, en las últimas décadas del siglo XX, celebrábamos la creación de una nueva cultura en torno a lo digital, cargada de sueños utópicos y espoleada por la constante aparición de nuevos inventos, hoy en día no cabe ya hablar de una cultura digital sino afirmar que nuestra cultura es digital. Como una capa invisible que se extiende por todo el planeta, compartimos una misma cultura basada en nuestras experiencias diarias con los dispositivos que empleamos y los servicios a los que estamos suscritos en Internet. El uso cotidiano de estos recursos crea nuevas costumbres, nuevas necesidades que a su vez reclaman la creación de nuevos dispositivos y aplicaciones. En esta continua sucesión de interdependencias, los medios digitales se hacen tan cotidianos que ya no podemos afirmar que generen experiencias ajenas a nuestra realidad diaria, sino que forman parte de ella. Como indica Clay Shirky haciendo referencia a las redes sociales [7], ya no existe un mundo digital separado del mundo real. Es decir (volviendo al ejemplo de la novela de William Gibson), no hay ya un ciberespacio al que enchufar el cerebro, sino que éste ha pasado a formar parte de nuestro entorno.

Afirmar que nuestra cultura es digital, no obstante, plantea numerosas dudas y preocupaciones: ¿Qué consecuencias puede tener la progresiva integración de las nuevas tecnologías en nuestra vida cotidiana? Cabe señalar que no todo lo que nos aportan las herramientas digitales es positivo: ya sea la pérdida de la intimidad que fomentan las redes sociales, la progresiva pérdida de las relaciones interpersonales cara a cara en favor del intercambio de mensajes de texto, o las consecuencias medioambientales del consumo masivo de dispositivos tecnológicos, la cultura digital también presenta aspectos negativos que en ocasiones invitan a la desconexión y reclaman serias reflexiones.

En el aspecto de las relaciones humanas, la cultura digital puede ser una cultura de la relación a distancia, la “soledad compartida”, como la describe Sherry Turkle, quien afirma que nos encontramos en un “momento robótico” [8], en el que como individuos estamos cada vez más dispuestos a depositar nuestros sentimientos no en otras personas o seres vivos, sino en máquinas que simulen una conexión emocional con nosotros. En el desarrollo de la sociedad actual, a las posibilidades que abren las redes sociales y las herramientas de la web 2.0 para crear nuevas formas de organización colectiva se oponen las formas de control y vigilancia que esas mismas herramientas facilitan a los gobiernos y las grandes corporaciones.

Todo ello se enmarca en un planeta en el que los más de dos billones de usuarios de Internet son sólo un 32,7% de la población mundial [9], y el alcance real de los medios digitales, pese a ser muy profundo, es geográficamente limitado. Recordando las palabras del Howard Rheingold con las que iniciaba este texto, sin duda nos encontramos en un momento en el que las nuevas tecnologías están transformando nuestra cultura, nuestra sociedad e incluso nuestra manera de pensar. Es por tanto un buen momento para reflexionar acerca de los efectos que están produciendo y buscar la manera en que puedan generar cambios positivos a nivel global. Como afirma Rheingold, las herramientas digitales “aportan y pueden aportar increíbles soluciones a los problemas. Y, por tanto, nos esperan cambios increíbles” [10].
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[1] Howard Rheingold (2012) Mind Amplifier: Can Our Digital Tools Make Us Smarter?. Nueva York: TED Books.
[2] Charlie Gere (2010). «Algunas reflexiones sobre la cultura digital». En: Pau ALSINA (coord.). «De la digitalización de la cultura a la cultura digital» [dossier en línea]. Digithum. N.º 12. UOC. [Fecha de consulta: 1/10/2012] <http://digithum.uoc.edu/ojs/index.php/digithum/article/view/n12-gere/n12-gere-esp> ISSN 1575-2275.
[3] Charlie Gere (2002) Digital Culture. Londres: Reaktion Books, 12.
[4]  Pau Alsina (2010). «De la digitalización de la cultura a la cultura digital» [dossier en línea]. Digithum. N.º 12. UOC. [Fecha de consulta: 1/10/2012]. <http://digithum.uoc.edu/ojs/index.php/digithum/article/view/n12-alsina/n12-de-la-digitalizacion-de-la-cultura-a-la-cultura-digital> ISSN 1575-2275.
[5] Charlie Gere (2002), 198.
[6] Clay Shirky (2008) Here Comes Everybody. The Power of Organizing Without Organizations. Nueva York: Penguin Books, 159-160.
[7] Clay Shirky (2010) Cognitive Surplus: Creativity and Generosity in a Connected Age. Nueva York: Penguin Books.
[8] Sherry Turkle (2011). Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. Nueva York: Basic Books.
[9] Según los datos facilitados por Internet World Stats [Fecha de consulta: 1/10/2012].  <http://www.internetworldstats.com/stats.htm>
[10] Howard Rheingold (2012), 62.